Ahora está ahí, yo lo veo desde el balcón de mi edificio, lo veo cruzar y meterse por la cuadra inhóspita de Caseros entre Velez Sarisfield y Obispo Trejo, calle de tiempo medieval para aquel que poco sabe de historia. Yo se poco de historia, y siempre que me adentro en aquel pasaje tengo la sensación de ser asaltado por algún bandido de yelmo herrumbrado y botas de cuero, de puñal y cara roja de vino. Pero Miguel - así lo llamo yo- parece no tener la misma fobia y se mete derechito y veloz, sin otro pensamiento más que el de llegar a su casa para ir al baño.
Se lo voy a mostrar a Daiana. ¡Eh, Dai, vení, mirá, ese es Miguel! ¡Dale vení!. Entonces Daiana me grita desde la cocina que está ocupada, que deje de hinchar, que ni lo conozco al tipo. Y tiene razón, no lo conozco. Por eso mismo Dai, a ver si lo alcanzo, en un ratito vuelvo. Agarro la campera y salgo.
- Che, ¿ y saliste a buscar a un tipo que viste desde el balcón? - dice Juan.
- Si, es más, lo conocí y tomamos un cafecito en la peatonal. Pero pará, te cuento bien como fue la cosa...
- Bancá que busco los puchos - se levanta y va hasta la heladera, tantea un poco la parte de arriba y saca los cigarrillos - Irene los esconde acá para que no fume, no le sale muy bien. Ahora si, contá.
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