Allí te conoceré, en el oscuro umbral del fin. Dentro acecha la luz. Tus anteojos marcan el rostro como túnel hacia lo desconocido. ¿Te encontraré más allá de lo que existe?
Me has dejado letras bellísimas, tan tristes que le desgarran a uno el alma, aceleran el pulso y cambian el enfoque hacia una absoluta sinceridad.
Cuando al este cae el sol y un barniz violáceo inunda las calles, recuerdo tu frase: “Ya no vive en el tiempo originario del ser sino en el tiempo de sus propios relojes”. Los rostros marcados de eternidad deambulan a sus hogares, desesperados; las vidrieras, con luces tibias por lo consumido, me muestran desde el interior aquello en que se ha convertido el hombre.
Es cuando dejo mi escondite. Supero el miedo de sus miradas y salgo a recorrer mi pueblo, a buscarte.
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